¡MUCHAS GRACIAS, ALBERT!
Albert
Rivera dimitió el pasado lunes como presidente de Ciudadanos, renunciando
además a su escaño como diputado y anunciando que se retira de la política. No
es una noticia que haya pasado desapercibida, ni mucho menos. Se trata de una
decisión dura para todos los afiliados a este partido, ya que estamos hablando
de una persona carismática, emblemática, la piedra angular sobre la que creció
la formación a la que pertenezco.
Lamentablemente
para todos, esta medida es la triste consecuencia de un espectacular batacazo
electoral. Creo que España necesita un partido de centro fuerte, que pueda
equilibrar las diferentes posturas, cada vez más extremas, del resto y que
garantice la estabilidad y gobernabilidad del país. Todas estas características
se habían perdido por una serie de decisiones estratégicas que han resultado
ser erróneas. Se ha pagado en las urnas y aceptado las correspondientes
responsabilidades. ¡Chapeau!
Lo
más llamativo del caso es que la opinión pública y, muy especialmente, las
redes sociales, se deshagan en elogios hacia el hasta pocos días antes tan
criticado Rivera. Por hacer lo que se debería hacer siempre en estos casos. Ni
más ni menos. Claro, quizá nos haya sorprendido tanto porque en este país lo normal
es que no dimita nadie, que la gente se aferre a su cargo con uñas y dientes,
que no despeguen el culo del sillón ni aun habiendo imputaciones por corrupción
de por medio. ¡Cuánto menos por un mal resultado electoral! Lo habitual en esos
casos es echar balones fuera, encontrar argumentos para convencer (y
autoconvencerse) de que la culpa es de todos los demás, de quien sea, con tal
de poder permanecer un poco más en el cargo y, por supuesto, cobrar un buen
dinerito público durante todo el tiempo que sea posible.
Albert
Rivera anunció su despedida con mucha elegancia, dejándonos varias frases para
la reflexión. De todas ellas, me gustaría destacar la siguiente: “Ser diputado
no es una nómina, es un honor”. Esa es la concepción que muchos tenemos de la
política: un servicio, no un modo de vida. Sería fantástico que esta máxima se
aplicase en todos los ámbitos de la política, nacional, autonómica y también
local. Cuando una persona acepta un nombramiento, como en el caso de Albert
Rivera, encabezar una lista electoral, acepta el honor de la victoria, pero
también asume la responsabilidad de la derrota. Y Rivera ha dado una lección a
todos, muy especialmente a aquellos que dicen que le admiran y alaban su
decisión, pero no siguen su ejemplo.
Ojalá
esto sirva para algo, remueva conciencias y despierte el sentido de la dignidad
de todos aquellos que conciben su cargo como un puesto de trabajo al que acuden
cotidianamente para cobrar una nómina. Si eso fuera así, la dimisión de Rivera
habría servido para mucho más de lo que él piensa. Sea como sea, gracias,
Albert, por todo lo que hiciste por este partido, por hacernos creer a muchos
que otra forma de hacer política es posible y por renovar nuestra confianza en
ella. Yo, como mucha otra gente en este país, nos afiliamos a un partido político, a este partido político, por tí. Porque nos gustaba tu discurso moderado, tu talante centrista y negociador, porque eras el modelo de lo que queríamos que fueran los políticos de este país. Por eso muchos lamentamos tu despedida, aunque la comprendemos y, como no puede ser de otro modo, la aceptamos. Porque, además, tanto por la forma en la que has dicho adiós, como por el momento elegido, no se te puede hacer ningún reproche más.
Así pues... ¡muchas gracias, Albert!

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